Violencia en la Cabalgata

Sí, ya sé que en el post anterior me mostraba reacio, poco empático con los fastos navideños, pero en el último momento he decidido asistir a la cabalgata.

Con renovado fervor. Yo si me pongo, me pongo.

Mi lado pragmático ha vencido. Diantres, llevo todo el año portándome bien, que el espíritu navideño flaquee en algún momento es humano, y yo tenía que ir, no podía echar por la borda mis posibilidades, tenía que acercarme y preguntar directamente a Baltasar: ¿Qué hay de lo mío? Refiriéndome, por supuesto, a la carta.

La cabalgata de este hermoso pueblo de Andalucía está compuesta de 2 partes a saber: una en la que se representan escenas tipo Belén Viviente (para los de la LOGSE mannequin challenge bíblico) sobre remolques tirados por tractores. Y otra Reyes Magos en escenarios de mucho lujo y oropel lanzando proyectiles de glucosa sobre remolques tirados por tractores. Ni que decir tiene que el 99% de los niños y un servidor aguantamos la primera, la poética, pero estamos aquí por la segunda, la crematística, que es la que produce rentabilidad.

Mas en las Cabalgatas de Reyes españolas son frecuentes las escenas de violencia. Y esto es descorazonador.

En primer lugar violencia institucional: ¿Por qué los organizadores no dotan de dulces blandos a los Reyes y pajes? Habiendo nubecitas, ositos de goma, moras… ¿tenemos que insistir en el caramelo duro de toda la vida? Yo, por precaución, no me he acercado a la primera fila pero he visto niños sangrando con brechas en la frente, que además se resisten a retirarse a recibir unos puntos de sutura para no perder comba y llenar la bolsa. Aparte de los traumatismos producidos en el acto en sí, los envenenamientos por exceso de glucosa son habituales en los días posteriores. “La comitiva deja a su paso un rastro de sangre y glucosa en las aceras”. Cedo esta frase como titular por si a algún medio le interesa, gratis.

Violencia paterno-filial. Codazos, empujones… y por unos simples caramelos. ¿Qué pasaría si tirasen los Reyes Magos tablets, entradas para el Madrid-Barca, o billetes de 20€? ¡¡No lo quiero ni imaginar!! ¿Navajazos, amenazas, rapiña…? “¿Es esta la Cabalgata que queremos dejarles a nuestros hijos?” Esta última frase también puede servir para abrir mañana los diarios, la presto desinteresadamente.

Violencia auto-infligida. Las escenas del mannequin challenge bíblico (primera parte de la procesión) están compuestas por voluntarios que se pasan un par de horas al relente, bajas temperaturas y ¡sin calcetines! adoptando posturas incómodas que de seguro les han de provocar contracturas y calambres. Un puntito masoquista no se le puede negar al ángel de la izquierda de la imagen. Dejo, libres los derechos, estas dos frases para una entradilla “¿Devoción o purgatorio?” ó “Enero, nuevo agosto para los fisioterapeutas”. 

Violencia contra los animales. Estas gallinas, las de la foto, no eran de cartón, estaban vivas.

Y para impedir que se escapasen les habían atado las patas al suelo (como se puede apreciar en la imagen de abajo). Soy consciente de que poner galliinas de mentira en la cabalgata cuando los humanos son de verdad y soportan parecido sufrimiento, sería un gesto feo para con los humanos. Pero he tenido en el momento una idea genial, casi una epifanía ¿por qué no les ponen una epidural a las gallinas y así se quedan quietas y tranquilas? Con una pizca de trankimazin para que gestionen mejor la ansiedad. Calculando el efecto para que dure aproximadamente lo mismo que el recorrido, claro.

Violencia escénica. En la carroza del Nacimiento de Jesús, el director de arte ha colocado a otro infante apuntándole con un tirachinas. Increible pero cierto. En la sombra, sí, pero yo le he visto. Me atrevo a aventurar varias hipótesis ¿Se trata de Judas de pequeño que pasaba por allí? ¿Es una metáfora de la violencia que se ejerce contra la Iglesia Católica en España últimamente al reclamarle que pague el IBI como todo buen cristiano? ¿O el niño del tirachinas es el ISIS amenazando nuestra cultura, a nuestros hijos, y a nuestro estado de derecho? El turbante del interfecto podría avalar esta tesis.

 Salí de casa con toda la ilusión y vuelvo reconcomido.

Y al final, lo que es aún peor, absorto en la contemplación de lo más bajo de la naturaleza humana,  he olvidado mi verdadera misión:

Baltasar ¿qué hay de lo mío?

¿Os llegó a tiempo la carta?

¿Tú crees que hay posibilidades?

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