Sentado en la arena

Me esforcé por escuchar mis propios latidos. Durante un par de horas. Y nada.

Sentado en la arena, desnudo, mirando al mar. Las olas montando de nata mis pies, lamiéndolos después. El sol clavándome uno a uno sus rayos, haciéndome un dulcísimo vudú. ¿Late?

Pasó otro rato. Y nada.

Me intenté notar el vaho y tampoco. ¿Las pupilas? No puede uno verse las pupilas sin un espejo, y yo no lo tenía. Así que me di por muerto y me alejé de allí muy tranquilo: ya no había nada que hacer. Qué alivio.

Cuando estaba llegando al aparcamiento me volví, a despedirme de mi mismo, de mis restos. Y entonces me vi fundirme con la arena, con el agua salada, con sus natas montadas… me vi ser parte de esa brisa densa que alimenta a los pescadores -y a algunos poetas. Me vi ser rayo de sol.

Ha merecido la pena venir hasta tan lejos.
Ha merecido la pena morir para estar ahora vivo.
Con la marca en la espalda del sol,
la boca salada de mares,
y miles de puntitos de color rosa grabados
en la piel del culo.

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1 comentario sobre “Sentado en la arena

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