Tarima flotante

La vida es como la tarima flotante.

En colocar cierta pieza pequeña, por ejemplo una esquina, tardas un montón: tienes que medir, cortar, presentar, volver a cortar porque no tuviste en cuenta esto o lo otro…

Y en cambio algunas piezas grandes entran a la primera, sin esfuerzo.

Lo primero que se te ocurre es hacerte la vida entera con piezas enteras, de las que entran a la primera y cunden mucho, pero, el problema es que las pequeñas y de formas complejas son imprescindibles si quieres que la cosa te quede… no ya bien, siquiera aparente.


Publicado en a2manos el 21.11.2005

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7 comentarios sobre “Tarima flotante

  1. ¿alguien me llamaba?. Yo de tarina no entiendo, de encajar… pues creo que tampoco, yo sólo me dedico a las piezas grandes.

  2. Qué quieres que te diga, Anti Tao. Cuando uno llega a un rincón difícil y lo intenta varias veces, incluso echando a perder alguna madera grande, pues, está tentado de mandarlo todo a la mierda y poner moqueta. Pero yo soy de los que no se rinden y una vez que han optado por la tarima va hasta el final. La moqueta es muy sucia. El truco es ir despacio, poner cuidado. Estamos hablando de un plano bidimensional, por cojXXXX tiene que encajar la pieza. Digo yo.

  3. Pues yo creo que hay piezas, que por mucho que quiera no encajan, lo intentas, pero no. Y yo le pregunto al especialista en montar tarima flotante ¿merece la pena limar y limar para que al final encajen? (POr favor TAO no contestes)

  4. En teoría, antes deberíamos colocar las piezas grandes, y así luego resultaría más fácil acoplar las más pequeñas en los huecos restantes. Pero eso es sólo la teoría. En la práctica no nos queda más remedio que colocar las piezas según nos van llegando.

  5. Introspecciones (VII)

    La vida es como la tarima flotante, cierto, pero es la vida que queremos que los demás vean. Damos abrillantador, pasamos el aspirador para quitar la pelusa

    Pero cuando estamos tumbados, a oscuras, con el techo sobre nuestra cabeza, sabemos, que debajo de lo flotante que ven los demás, está nuestro verdadero suelo. El de la pelusa.

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