36-36

Vivo en el apartamento número 36 de un edificio que está en el número 36 de una calle hermosa. Desde la terraza veo cinco edificios altos y muchos tejados con chimeneas y casas bajas de ladrillos color ceniza, algunos ocres o tostados.

Cuando salgo a la calle suelo girarde inmediato a mi derecha. Si me emociono, sólo con cruzar una calle y caminar 60 metros llego a una que dicen que es famosa en el mundo entero. Portobello Road, se llama. La gente la conoce en plena ebullición. La cocción lenta -italianos y españoles hacen furor- empieza el viernes, para llegar al punto de evaporación el domingo. Entre semana, a eso de las seis de la tarde, es un paraíso por el que caminar a solas con uno mismo.

Londres huele diferente en este rincón de la ciudad. No es Oxford Street, por ejemplo, donde uno tiene la sensación de que lo violan permanentemente. Sin anestesia. No es Wapping, allá por los docklands, donde me paso dos o tres veces por semana. Un sitio especial, con casas de lujo donde antes había almacenes de tabaco y donde uno espera encotrarse un pirata, o dos, a la vuelta de la esquina.

Vivir en Londres puede ser una experiencia brutal. En todos los sentidos. Tengo la sensación -y llevo aquí sólo tres semanas- que te apasiona pero te puede volver loco. Y eso que los días anochecen tarde (20.40 horas) y aún no tiene uno la sensación de estar aprisionado en la permanente oscuridad. Lo sé. Llegará. Y no me puedo hacer ilusiones…

El vino de la cena de hoy era español, el queso era italiana, la verdura no sé, los melocotones también españoles y la factura de unos yogures, pan, queso, vino, fruta y poco más 22 libras.

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