El SUV que vive al lado

cochecito

Desde hace unos años, a cada poco, en este país, aparece un nuevo alguien que se ha hartado de mangar. Rato, Bárcenas, Urdangarín, Chaves, Matas, Barberá, González y la última son los Papeles de Panamá, cientos de ellos de golpe.

Lo de robar un poquito, puedo entenderlo. Somos humanos.

Pero ¿a partir de qué punto se convierte en una perversión? Son poderosos y quieren serlo más aún, tienen 10 casas y quieren 20, o 200 o 2000. Pero se sientan en el retrete como tú y como yo, supongo. Se mueren algún día, como tú y como yo, supongo.

Quizá, de niños, alguien les humilló en clase. O jugaron demasiado al Monopoly. O Tienen problemas con su identidad sexual. O se están quedando calvos, se sienten feos y gordos, viejos, pocacosa, impotentes… Ninguno considera que hace mal, todo lo contrario, se tienen a si mismos por benefactores, hombres de pro, mesías y en consecuencia: se lo merecen.

Tengo que señalar que hay muchas menos mujeres que hombres en este club de los maniacos del poder y el dinero. Esto dice poco en favor de los hombres. ¿Cazadores? ¿Ganadores? ¿O en algún fondo eternos perdedores de las cosas importantes?

Tendría yo ya los 30 y un amigo me dijo: “Nunca tendrás éxito, porque no te relacionas bien con el dinero”. Me sorprendió.

No me sorprendió lo de no tener éxito, sino la razón. Me sentí tonto. Hasta ese momento yo nunca me había planteado si me relacionaba bien o mal con el dinero. Joder, era eso, había perdido el tiempo planteándome si me relacionaba bien o mal con mis amigos, mis compañeros, mi familia, mis mujeres… No había dedicado el esfuerzo suficiente a analizar cómo era mi querencia o malquerencia con los billetes. Y él, un hombre pudiente, solvente, sí lo había hecho. Claro, era eso.

Sé que soy una ruina sobre ruedas, pero siempre me he sentido afortunado. No me ha faltado de nada, o al menos puedo decir que no me han faltado las cosas básicas que un poco de dinero puede comprar = comida + cobijo + alguna tapa de vez en cuando. Puede que no tenga 8 cilindros en V, ni asientos de cuero. Puede que muchos me vean como un carrito ingenuo. Pero toda mi vida he sentido que llevaba flores, que me acompañaba una luz, si no la del Sol, una buena linterna. Diantres, quizá sea un estúpido defecto de percepción, pero bendito defecto.

Entiendo lo de robar un poquito, de verdad, lo perdono, me parece incluso honesto. Para tener calderilla, llegar al bar y poder convidar a los amigos. ¿Existe acaso un goce más grande? 

Pero amasarlo y sentir que uno tiene poco, que quiere más, que necesita más, sentirse elegido para dominar, humillar a otros… eso no lo entiendo.  Uno de estos días le preguntaré al SUV que vive al lado.

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