Perder un rato

Viene bien perder un rato de vez en cuando. 

Es bueno para el propio desarrollo, para el crecimiento personal. 

Quizá no mucho rato

En la ropa negra se notan menos las manchas de tinta, lo tengo comprobado.

Tienen la luna más potencia aquí, en medio del campo. No hay farolas arrogantes que le hagan la competencia. Ja, pobres farolas, ¿te imaginas a un mechero fardando delante del Sol? 

Vivo, pienso y escribo mientras los demás habitantes de la casa duermen. Vivo, pienso y escribo que sale caro a la larga sacar los pies del tiesto, montárselo en los márgenes, no dar bola al main stream

Ladran perros a lo lejos y contesta el mío. No están tan lejos los vecinos, apenas un kilómetro. Igual que en las redes de internet se hace: ping, estoy aquí. Y alguien contesta: ping, estoy aquí. Así hace mi perro con los perros vecinos. Pero en vez de ping, es guau.

Hay unas llaves en la mesilla y no sé de qué puerta son. Tengo, entre otras muchas, esa manía: la de no tirar las llaves. Colecciono llaves más allá de lo razonable, me duran más las llaves que las puertas que abrían, incluso que el recuerdo de qué puertas abrían. Como si en algún momento pudiera despertar atado con cadenas y candados y encerrado con varías puertas y me dejaran como sola escapatoria: esta caja de plástico donde las guardo. Como si en algún momento la barrera que me separase de un campo diáfano de trigo verde, de un valle inmenso y feraz, fuera una puerta cerrada a cal y canto.  

Viene bien perder de vez en cuando, volver a la casilla de salida, lanzar otra vez los dados.

Un rato. 

Quizá no tanto rato.

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1 comentario sobre “Perder un rato

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