Mick y Keith


Un día del pasado mes de marzo a Mick Jagger se le ocurrió la idea de ir a tocar al metro, con Keith Richards, claro. Tenía la necesidad de encontrarse con la esencia de la música, de su música. Tenía la necesidad de despojar unas pocas canciones de sus adornos, de su maquinaria y cantarlas desnudas. Quería saber qué pasaba cuando la gente escuchaba su música.

Eligieron una estación poco concurrida de un suburbio londinense.

Llevaban unas gorras y unas gafas de sol, no iban reconocibles.

El caso es que la primera mañana no sacaron ni para un café. Empezaron tocando los temas del último disco, que pocos conocían. Y al ver que nadie echaba un euro (unos peniques) se pasaron a Satisfaction, Honky Tonk Woman y Sympathy for the devil. Tuvieron que escuchar a algún transeúnte decir “vaya mierda de versión” y a otro “dejad de insultar la memoria de sus Satánicas Majestades, volved a casa”.

Algo molestos volvieron al segundo día. E, intentando recuperar la honra perdida, se subieron un poco la gorra y se sacaron las canas. También se quitaron las gafas de sol. Ya eran reconocibles. Se amontonó una pequeña muchedumbre a su alrededor. Al fondo pude oir a uno decir “Cuánto se habrá gastado el alcalde en traer a estos dos millonarios, ya podrían gastárselo en la comunidad”, y a otro “desde luego, qué maniobra de marketing tan burda, eso es que van a sacar un disco nuevo y ya no saben qué hacer para vender”, “mira, hijo, dos viejos excéntricos a los que se ha ido la olla”.

También escuché comentarios elogiosos de fanes enfebrecidos.

Pero.

Ni el primer día,
ni el segundo,
ni con gorra, ni sin ella,
consiguieron Mick y Keith
que se escuchara su música.

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