La pena adelgaza

La pena adelgaza“. Lo dijo muy seria en presencia de un amigo que está pasando cuitas y que, a todas luces ha perdido peso. Yo me quedé callado por falta de reflejos, porque la afirmación requería su análisis y porque eran las 2 y 3 gintonics de la mañana.

Pero luego, mientras caminaba buscando algún pilotito verde con taxi libre debajo, le di al cacumen y creo que. Creo que a cada uno el estado anímico le afecta al metabolismo de una manera y que a mí, precisamente a mí, lo que me adelgaza es la felicidad completa. La pena no.

La pasión arrebatada, eso también.

Puedo decir que la pena tampoco me engorda, lo hago en su descargo. En el descargo de la pena.

El taxista llevaba puesta una tertulia de madrugada -prefiero muerte- y yo me entretuve en valorar cuántas calorías tendría un disgusto. Cuántas un éxito. Siempre se ha dicho que fulanito estaba orondo de felicidad… por algo será. Que no cabía en sí de gozo. Esto apoyaría la tesis de mi amiga.

Hoy volvía caminando. Llovía. Tenía un gato jugando con el ovillo de mis contradicciones. Que si tienes ya una edad. Que si, vaya, tanto dar vueltas para esto. Las circunstancias -supongo que también la química cerebral- me estaban haciendo vudú por lo bajini.

Me he echado atrás la capucha para dejar que la lluvia me aclarara las ideas. Ventaja de calvo. Y si no las puede aclarar que se las lleve todas a la puta alcantarilla.

Las gafas estaban llenas de gotitas.

-Me acerco al Alcosto y me compro un donut.

-No, que no lo voy a disfrutar del mal rollo.

-Que sí, que la glucosa sube el ánimo.

-Han ascendido a mi cajera. Le han quitado el letrero de la pechera y ya no sé cómo se llama.

-No me cambies de tema ¿vas o no vas?

He pasado.

Desidia.

La lluvia se me había llevado las ideas buenas y las malas.
¿Será que mi amiga tiene razón y la pena adelgaza?
Para mí que no. Los disgustos no engordan, las euforias no engordan, son las personas las que engordan.

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