María Abalo, fotos

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Yo tenía un blog. Y ese blog tenía sus visitantes asiduos. Yo no sabía quiénes eran —excepto unos pocos en que insistían en hacerse notar. También había algunos que lo encontraban por casualidad.

Yo no tenía mucha curiosidad en conocer a mis lectores. Tenía la sensación de que sin ponerles cara escribía más tranquilo.

Ellos tampoco querían conocerme a mí, siguiendo esa máxima de las artes que afirma que detrás de una obra que te fascina es fácil que encuentres a un ser humano decepcionante, déjalo estar.

Un día recibí un correo de alguien que se había leido el blog de pe a pa y aportaba pruebas.

Contesté agradecido, cortés y también algo curioso ¿qué mente retorcida podría haberse comido las casi 1000 entradas del blog sin tregua? Estaba saltándome la norma, lo sé. pero le escribí. Cómo había encontrado el blog: por casualidad.

A los pocos días recibi otro email: te conozco, te he visto, sé quien eres.

Contesté con escepticismo guasón:

—Sí, ya, y yo que me lo creo.

—Te vi ayer en Ikea de San Sebastián de los Reyes, ibas acompañado de un tipo canoso y una morena.

¡¡Era verdad!! Se me heló la sangre y me imaginé de repente a una fan enloquecida con delirios extraños después de haber leído el Guardián entre le Centeno descerrajándome cuatro tiros a la puerta de mi casa en el edificio Dakota de Madrid. Oscar, tranquilízate, esas cosas sólo le pasan a John Lennon. ¿Cómo me había encontrado, cómo me había reconocido? Por casualidad.

Unos pocos correos más para asegurarme de que a) no quería mi cuerpo acribillado. b) la gravedad de su psicopatía no era mayor que la media de la población.

Es más, parecía maja.

Y su ortografía era exquisita. Siento debilidad por las ortografías de las mujeres, lo confieso. También por las geografías, pero eso es otro tema.

Me regalan 2 entradas para ver El Holandés Errante en el Real, el mismo domingo, apenas unas horas antes de la función. Decido echarle una partida de dados al destino. No tengo su número de teléfono, ni sé en qué parte de Madrid vive, si tiene coche, bicicleta o pony, si está casada, viuda o defenestrada, prole de 7 churumbeles, monja de clausura con internet…  en algún sitio ha comentado que le gusta mucho el teatro.

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Email: Si te apetece escuchar El Holandés Errante esta tarde, 18h Teatro Real, Como es domingo y faltan apenas 3 horas quizá no leas esto. Aunque lo leas quizá no te dé tiempo o no puedas venir. En cualquier caso no contestes a este correo, yo no lo podré leer, he quedado para comer y salgo corriendo. Como además no te conozco, pues plántate en la puerta y dime “hola, que soy yo” si no me dice nadie “hola, que soy yo” le daré la entrada a uno de los pescadores de entradas solitarios que pululan por los alrededores en día de función. Al fin y al cabo dejar un asiento vacío en el teatro siempre me ha parecido delito lesa humanidad.

Fue casualidad que lo viera a tiempo y casualidad que pudiera venir. “Hola, que soy yo” llevaba un abrigo cruzado y una sonrisa. No tuvimos tiempo de intercambiar más de 2 frases antes de sentarnos y que se apagara la luz.

—A veces lloro en el teatro. A veces no aguanto y me tengo que poner de pie —dijo.

Bueno, vale. Toparme con una chica normal habría sido mucha mucha casualidad.

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