C. tiene casi 14 años.
Camina por la vida, ligera, como una bailarina.
A veces, sin previo aviso, todos los cielos del mundo se cubren, se ponen grises, luego negros, y llueven a través de sus ojos de niña.
Qué poco puedo hacer yo para parar esas tormentas.
Recogerla, esperarla, abrazar… soplar susurros leves que sequen los senderos de sus lágrmas, que la empujen a caminar otra vez, que le revuelvan el pelo.
Y mirar, alelado, como se aleja,
poco a poco, viento del Sur,
con los sueños en orden y las hormonas no,
pisando la vida, ligera, como una bailarina.